Hanadi y Ryan viajaron desde Canadá para casarse en la Costa del Sol, y no vinieron solos: con ellos llegaron toda la familia y un grupo de amigas que había cruzado el Atlántico para acompañar a la novia. Era una destination wedding de las que mueven a una familia entera. Eligieron Torre de Tramores, una villa muy exclusiva escondida en las colinas de Benahavís, y para mí era la primera vez allí. Pocas veces en estos años he trabajado en un entorno tan bonito: un patio empedrado con su fuente, parras que dan sombra a la casa, una torre de piedra que da nombre al lugar y las montañas al fondo.
Esta vez no peiné a la novia. Me encargué de la peluquería de las personas más cercanas a Hanadi, su familia y las amigas que habían venido con ella desde Canadá. Eran muchos los peinados de invitada que preparar, así que la mañana empezó muy temprano, y desde el primer peinado se notó cómo iba a ser el día: alegre, divertido y con una energía que no decayó en ningún momento. La familia de Hanadi era encantadora, y sus amigas llenaron la casa de risas mucho antes de que empezara la boda.
Para la madre de Hanadi, sus hermanas y la mayoría de sus amigas se eligieron unas ondas muy orgánicas y elegantes, con el movimiento natural del pelo suelto. Su abuela llevó un peinado más clásico, un marcado hecho con secador y cepillo, y en las fotos se la ve así peinada, con su vestido rosa, dando palmas en mitad del baile.
La novia tiene herencia del sur de Asia y de Oriente Medio, y eso se notó sobre todo al principio de la boda, con varios rituales tradicionales. En las fotos se ven el incienso pasando de mano en mano, las joyas de la familia y a las mujeres bailando en la terraza, vestidas de rosa, fucsia y rojo. Fue una boda intercultural de principio a fin: las tradiciones de la familia de la novia, una casa andaluza en las colinas y unos invitados llegados de Canadá, todo en la misma celebración.
Esa energía festiva se veía también en los colores. La decoración de Gaia Events Spain, que organizó la boda, estaba pensada con muchísimo gusto: una mesa larga sobre el césped, guirnaldas de luces entre los árboles, vajilla de cerámica con cenefas verdes y limones sobre el mantel. Las flores de Kiki Silvarum seguían la misma idea, con centros sueltos, de aire silvestre, en amarillos, lilas, rosas y naranjas, y una guirnalda de flores rojas recorriendo las mesas. Nada parecía colocado para la foto, y todo encajaba con la ropa de los invitados y con la alegría de la familia.
Y luego estaba la tarta. Creo que nunca he visto una tan original ni tan bonita: blanca, de varios pisos, con la crema trabajada en pliegues y ondas, como si fuera tela, y flores frescas que parecían brotar de ella.
La ceremonia se celebró en el jardín, bajo sombrillas, con las montañas detrás, y el banquete en esa mesa larga, donde los brindis se fueron encadenando uno tras otro. Las fotos de M2 Visual Studio recogen muy bien lo que se vivió aquel día: el color, la familia y un grupo de amigas que había viajado desde Canadá para celebrar la boda con Hanadi.
Al repasar esas fotos reconozco en ellas la mañana entera: los mismos rosas y rojos de la terraza, ahora en el jardín, y las mismas mujeres que habían bailado entre peinado y peinado, brindando en la mesa larga.





